07
marzo

Los irracionales datos (y las inexplicables razones) de la brecha salarial

Entre el pasado 22 de febrero, declarado por el Parlamento Europeo como ‘Día por la igualdad salarial entre hombres y mujeres’ y mañana, que se celebra el ‘Día internacional de la mujer’ hemos asistido a un desfile de cifras que se encargan de recordarnos las desigualdades de género con las que seguimos conviviendo, especialmente en el ámbito laboral.

Los datos no nos dejan en buen lugar, y nos retratan como una sociedad incapaz de traducir en la práctica los grandes discursos de los que llenamos nuestros ideales de modernidad.

La diferencia salarial en Granada entre hombres y mujeres en 2012 fue del 28,7%

La cifra que ha sonado en estos días es una de las que produce enorme vergüenza cuando aparece en los titulares de los medios: La brecha salarial en la provincia de Granada fue del 28, 7% en 2012, último año del que se tienen datos; o lo que es lo mismo, en ese año, las mujeres cobraron un 28,7% menos que los hombres por igual trabajo.

Muchos querrán ver el vaso medio lleno, diciendo que estamos por debajo de la media nacional (31,5%) y la andaluza (34,5%), aunque en todo caso, el hecho en sí es lo suficientemente insultante como para evitar comparaciones de mal gusto, teniendo en cuenta que cualquier tasa superior a cero es aberrante.

Ser el tuerto en el país de los ciegos no permite en este caso presumir de valores. El informe ‘Situación laboral de las mujeres en Andalucía’, elaborado por del Área de la Mujer de Comisiones Obreras, nos obliga a plantearnos una serie de interrogantes sobre el fundamento de algo tan irracional como discriminar a las mujeres mediante la asignación salarial. No cabe otro fundamento que el hecho antropológico de pertenecer a una sociedad tradicionalmente machista que en su esquizofrenia social se atribuye el hecho de ser la primera en la historia en haber conseguido la igualdad formal.



A mayor edad, mayores diferencias salariales

La distribución de esta brecha por tramos de edad arroja resultados inquietantes. A mayor edad, las mujeres están más expuestas a sufrir discriminación salarial, hasta el punto de que en el tramo de edad de 56 a 65 años, las diferencias llegan a  ser del 41%, periodo en el que los hombres obtienen rentas por valor de 23.993 euros, frente a los 17.010 de las mujeres. Casi 7.000 euros más, con la excusa de la diferencia de género, que tan difícil resulta de explicar. El caso de las mujeres mayores de 65 años llega a ser verdaderamente obsceno, ya que la brecha llaga a ser de un 180%.

En el lado opuesto se encuentran las mujeres que se incorporan al mercado de trabajo. Hasta los 35 años presentan las menores diferencias salariales, aunque en ningún caso las distancias entre salarios son menores al 10%. Amargo caramelo, para una realidad tan injustificable.



El sector agrícola, el que más diferencias soporta

Un dato interesante es el que nos permite comparar las diferencias salariales por ramas de actividad. Este dato nos ayuda a observar cómo las mujeres que se dedican a realizar actividades agrícolas y ganaderas son las grandes excluidas en este escenario de discriminación generalizado, en el que cobran casi la mitad que los hombres.

Pero no es el único sector con grandes diferencias. Industria, servicios a las empresas y comercio, transporte y reparaciones tienen una brecha superior al 50%.

Y para los optimistas, me permito hacer una valoración extractiva de datos como los que soportan las ramas de servicios sociales y actividades financieras y de seguros, en las que la brecha es de casi un 28% y un 35%, respectivamente. Estas actividades, con fuerte ocupación de mujeres, quizá demuestra que una mayor formación no garantiza la ausencia de discriminación. Y de paso, confirma cualquier ausencia de lógica en estos datos, cuestiona el calificativo sapiens que nos hemos atribuido, y nos deja más cerca de nuestros predecesores en la evolución humana.



La brecha salarial es uno de los factores que inciden en una cada vez mayor feminización de la pobreza

Valoraciones personales al margen, coincidirán conmigo en que poco o nada de lo aquí expuesto tiene justificación. Pero así funciona el sistema, del que todos nos sentimos víctimas y nadie asume responsabilidades. En todo caso, la brecha salarial es uno de los muchos factores que contribuyen a una cada vez mayor feminización de la pobreza y a la naturalización de causas que facilitan la exclusión de las mujeres del ámbito de la vida pública, como si esto fuera algo inevitable.

Si a los datos ya expuestos añadimos que en el último año en Andalucía los contratos a tiempo parcial de las mujeres superaron en un 20% a los de los hombres, o que de los 35.795 contratos que se firmaron en la provincia de Granada en enero pasado, solo el 35% de los mismos fueron disfrutados por mujeres, entenderán que la discriminación por género en el ámbito laboral es un entramado estructural difícil de derribar.

Y podríamos seguir así, diciendo que las pensiones de jubilación son un 53% superior a las de las mujeres, mientras que en las no contributivas, que se otorgan por falta de recursos, las principales perceptoras son las mujeres, con una tasa del 71,8%, según fuentes del Instituto Andaluz de la Mujer.

¿Por qué lo llaman estado del bienestar cuando quieren decir…?

No quiero parecer apocalíptico, pero si lo que aquí les cuento estuviera redactado en castellano antigüo y lo leyésemos en libros de historia de la Edad Media, o nos contaran que sucede en países en vías de desarrollo, a los que llamamos subdesarrollados sin mirarnos antes al espejo, probablemente haríamos juicios de valor fáciles desde nuestra supuesta superioridad cultural. Pero no… Estos son datos de Granada en pleno siglo XXI. Y en estos datos basamos eso que llamamos… ‘Estado del bienestar’.



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